Es domingo
pero esta desesperanza es de lunes temprano.
El asiento del acompañante,
-qué ironía su nombre-,
está lleno de ausencia,
lo único que ha quedado de ella en el automóvil.
No encuentra su voz en el dial.
En la radio suena eufórico un locutor,
es el fútbol de la tarde,
pero los goles no tienen
el poder de antaño.
Son un punto y seguido de ese partido
en el que su equipo siempre pierde.
Le parece obsceno el comentarista,
nada deportivo.
Hoy ni la música es compañía.
Prefiere el silencio del motor en marcha,
los chirridos de las ruedas en las curvas,
el recuerdo recurrente de la rabia
que le muerde los labios,
que le anuda la garganta
y le inunda los ojos.
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